Por: Alex Campos

Caracas, 4 de junio de 2017

Qué hermosa la juventud que lucha, que se rebela contra lo que considera injusto, que no desmaya en su afán de exigir un mundo a su medida.

Así son los guerreros de la resistencia en Venezuela. Jóvenes, muchachos y muchachas alentados y sostenidos por su dirigencia, por sus mayores, por todo el que clama contra la dictadura chavista. Ellos combaten –con diferentes grados y recursos de violencia- contra las fuerzas de orden público, a su vez, bien entrenadas y bien equipadas para el ejercicio de la violencia, todo claro. Mientras tanto, las madres se organizan para garantizarles la comida; se toman calles y se gritan consignas en familia; los hermanos en el exilio gestionan crowfounding para enviar a los muchachos implementos de defensa; otros les facilitan el transporte y los que menos, se bajan de la mula en medio del tráfico.

Así que, entre semejanzas y diferencias tremendas, puedo encontrarme en tu juvenil espíritu. Puedo sentir tu convicción de lucha en mi pellejo. Entiendo el calor de la escaramuza, tu acción que es más voluntad colectiva (esa mala palabra), entiendo las ganas de someter al adversario en medio de la refriega. Llega otro video (cuánto aguanta la memoria de un teléfono):

Tu mano enciende un yesquero y las llamas cubren otro cuerpo joven como el tuyo.

Miro una y otra vez: un hombre es atacado por la turba en medio de una manifestación opositora.

Lo golpean.

Lo tiran contra el pavimento.

Lo apuñalan mientras trata de levantarse.

Un chamo le baña con un líquido brillante.

Y tú, con el rostro cubierto por tu capucha verde, adelantas el brazo con el que prendes fuego a un ser humano, mientras con el otro sostienes el casco pintado con la bandera nacional.

A partir de allí te pierdo de vista, hipnotizado por los gritos de ese hombre que corre dejando en el camino pedazos de piel.

¿Qué hiciste después? ¿Pensaste que habías vencido a un enemigo? ¿Sentiste orgullo por tu aporte a la lucha contra el régimen? ¿Gritaste tú también? La desesperación de aquel hombre ¿te alcanzó?

Vuelvo a esa fotografía que muestra el momento previo a que su vida y la tuya cambiaran para siempre. Allí estás, como cualquier amigo de mis hijos. Como mi hijo.

Tu viejo ¿Estaba contigo, en la retaguardia de la manifestación? ¿Lloró por ti?

Tu madre ¿Qué dijo al reconocerte en el video de su grupo de whatsapp?

¿Comentaron la noticia en el desayuno del día siguiente?

¿Le pareció a tu familia que el tipo se lo buscó?

¿Sintieron horror?

¿Has podido encender un cigarrillo?

Dije que yo podría verme en ti. Entonces ¿sería yo capaz de prender a otro hombre en fuego, como tú?

Orlando Figuera. Así se llama el hombre al que prendiste en llamas, porque era ladrón. O chavista. Da lo mismo porque todo chavista es un ladrón y un maldito y si yo pudiera les prendería fuego a esos hijos de puta ¿no?

Muchacho de la capucha verde: ya pudiste.

Orlando Figuera murió finalmente hoy. Y una parte de ti murió hace dos semanas, cuando cometiste ese acto abominable.

Te pienso: tan joven y ya con carne muerta en el corazón. Con la historia de una muerte horrenda que será tuya toda la vida.

Te pienso y parte de esa muerte tuya es mía también.