Al principio fue juntarnos, que es el principio y el final. No hay Dante sin Virgilio. Entre varios compañeros decidimos venirnos a trabajar la tierra muy cerca de la Comuna El Maizal.

Esta gente compone el país todos los días. De noche, a la hora del sueño, está vuelto pedazos. Pero no ha despuntado el día cuando ya lo están componiendo otra vez.

Un 9 de marzo acaricié esta tierra por primera vez. Lo recuerdo como si fuera una fecha patria, de la patria que es este hombre. Hundí mis manos y mis pies en ella. Maltrecho, descompuesto, me incliné por su hechura perfecta, buscando rehacerme.

¿Qué escribiría Juan Rulfo sobre estos parajes? Abundio, el arriero, decía que Comala era tan caliente y estaba tan cerca del infierno que muchos de los que allí morían, al llegar al infierno regresaban al pueblo por su cobija.

Como Juan Preciado, yo llegué a esta tierra en verano, justo cuando el fuego serpenteaba estos cerros como bestia insomne, y cuyo crepitar se instalaba en los oídos como un murmullo inextinguible. Pero no fue su fuerza destructora lo que me sorprendió, sino el prodigio de hombres y mujeres combatiéndole, cercándole, arrinconándole.

Hay un exceso de vida aquí, como había un exceso de muerte en Comala.

También hay muerte, claro está, y están los muertos que se resisten a cumplir con su obligación de enterrar a sus muertos; vividores, muertos en vida, espantos. Aquí también los hay quienes vendieron su alma al diablo, como el padre Rentería, o quienes, como Dorotea, resignada a la idea del infierno como única opción, llevan tantos años sin alzar la cara que olvidaron cómo es el cielo.

Pero si en Comala eran tantas las ánimas y tan poquitos los vivos que ya ni les rezaban para que purgaran sus penas, aquí los vivos son más.

Y sigue vivo Pedro Páramo, aunque esté más del lado de allá que de acá, aunque pertenezca a otro tiempo, y sigue haciendo daño, mucho daño, haciendo su ley, y pretendiendo propiedades aquí y allá, con papeles o sin papeles. Y a veces viste de uniforme, y entonces es una mancha que camina. Y viste de uniforme para ser visto, así no se vea más que una mancha. Y hace tanto dinero, y lo multiplica de tal manera y con tanta facilidad, que se preguntaba uno de esos viejos sabios que no faltan por acá, si no sería que Pedro Páramo se alimenta de billetes, porque de otra forma resulta difícil explicarse para qué necesita tantos.

Cosas que se pregunta la gente por acá, que sabe más por seguir aferrada a la vida, que por vieja.

En cambio, a quienes trabajamos la tierra no nos alcanza el dinero. El mismísimo Presidente entregó al Negro en sus manos recursos para la siembra. Faltaban pocos días para las elecciones. Pocos días después de las elecciones, la institución del Estado que se encarga de esos asuntos octuplicó el precio de la semilla. El dinero en manos de la Comuna, lo que es lo mismo decir en nuestras manos, había perdido ocho veces su valor. En cuestión de días.

“Qué va a alegrar eso”, decía una compañera, y yo le respondía que “peor es nada”, y ella me ripostaba que “peor-es-nada es conformarse”, y que para conformarse es mejor entonces no contar con nada.

Y en ese dilema estamos: conformarnos o no contar con nada, más que con nosotros mismos.

Pero no contar más que con nosotros mismos no deja de ser una forma de soledad. Y la soledad puede perdernos, conducirnos a la locura, al extravío, tal y como ocurrió con Susana San Juan, a quien Pedro Páramo, quien dispuso de la mujer que quiso, quiso poseer también, sin lograrlo. El mundo de Susana era otro mundo, inaccesible para Pedro. Él la veía retorciéndose de dolor, sin comprender qué lo provocaba, ella soñaba que amaba.

Será que cuando uno está perdido hay que volver a amar, porque para volver a amar uno consigue el camino.

Buscándolo, me junté con otros que también buscaban, y así llegamos a esta tierra, a sembrarla, a juntarnos con los muchos rebosantes de vida. Lo que habrá de hacerse y rehacerse se hará en lugares como éste. Con gente como ésta.