La historia del estudiante universitario en Venezuela, desde el siglo XX, ha estado marcada por su estrecha participación en los acontecimientos políticos y sociales que más han impactado al país, incluyendo, por supuesto,  el archiconocido derrocamiento de Marcos Pérez Jiménez.

En medio de este contexto, nos guste o no, la Universidad Central de Venezuela, siempre marcó la pauta. La UCV fue fundada un 22 de diciembre de 1791 y es reconocida como la principal casa de estudio (y la más antigua) del país.

Sin embargo, hoy, la amplia deserción estudiantil (que la mayoría de las encuestas ubican en 60%), la falta de profesores y la frustración reinante entre los que se quedan, así como la ausencia de un transporte y comedor digno, o los constantes hurtos (desde placas y reconocimientos de la institución, hechas en aluminio y bronce, pasando por los cables de postes y salones, hasta las tuberías y grifos de los baños), hacen que las casas de estudio superior, y especialmente la UCV, parezca “en vía de extinción”.

¿Qué plantea el movimiento estudiantil

asociado a la izquierda,

al proceso bolivariano, ante tal panorama?

¿Ven alguna luz al final del túnel?

Jesús Monsalve estudia cuarto año de Trabajo Social en la Universidad Central de Venezuela, es tachirense, pero se residencio en Caracas y corrió con suerte: vive en las residencias estudiantiles Livia Gouverneur.

Desde su hogar transitorio y entre los pasillos de una casa que luce vencida por las sombras (UCV), se ha dedicado a luchar por lo mismo: la politización de los espacios estudiantiles.

Por eso, desde hace años, este veinteañero, forma parte del Frente Cultural de Izquierda (FCI), un espacio creado en el 2011, para intentar “adecuar la educación a las verdaderas necesidades de nuestro país”.

Sin embargo, ¿se ha podido? ¿Cómo se encuentra el movimiento estudiantil de izquierda de cara a la crisis económica que golpea sin clemencia a todos los recintos universitarios de la nación?

“La problemática es compleja y general, aunque existan particularidades en cada casa de estudio, yo puedo referirme con especificidad al FCI, a la UCV, pero estamos en interacción constante con organizaciones de otras universidades”, nos dice Jesús, quien también lidera la secretaría de asuntos académicos del centro de estudio de su escuela.

En “el FCI” hacen vida distintas escuelas-facultades de la UCV, y ha contado con diversas unidades organizativas como el Movimiento Estudiantil Independiente de la Escuela de Psicología,  el Círculo de Economía Crítica y Alternativa Noel Rodríguez, el Círculo de Estudio Alí Gómez García, el grupo de teatro Alejandrina Ramos, entre otros. Sin embargo, todos padecen los mismos pesares:

“En la UCV hay fallas en la mayoría de los servicios y se nota aún más debido a la mala administración interna de los recursos: se aprueban partidas que no son ejecutadas inmediatamente, la inflación aumenta y se reduce la capacidad de compra de algunos insumos o bienes necesarios, juegan a ralentizar para generar aún más caos, en especial en el comedor y el transporte”.

El frente se ha enfrentado, desde sus orígenes, al rechazo de los estudiantes que se oponen al gobierno, y lo han hecho a través desde el canto, el baile, la poesía, el deporte. Sus integrantes insisten en “pasar por la universidad transformando lo micro para lo macro”, “marcando algún antecedente”.

No obstante, hoy, les toca poner la cara ante nuevas circunstancias: “Como movimiento estamos pasando por un proceso de reorganización interna a raíz de las condiciones económicas que vivimos: a la mayoría de nuestros integrantes se les ha hecho complejo continuar con la militancia”.

Jesús nos explica, en perfecto acento gocho, que no existen las condiciones mínimas para la participación política. Quizás suene absurdo, pero cuestiones mínimas, como tener el comedor cerrado, obliga al estudiante a tener que volver a su casa al mediodía para almorzar, o el aumento del pasaje de manera desmedida le imposibilita a nuestros miembros, que en su mayoría viven en zonas periféricas, acercarse a las actividades”.

Pero, y aunque parezca contradictorio, el tiempo, de una u otra manera, les ha dado la razón: La universidad debe adecuarse a la realidad nacional.

“Hoy, más que antes, hay una vinculación directa entre la no adaptación de las autoridades a la situación que está viviendo el país y lo que padecemos a la interno: no hay direccionalidad con relación a la crisis, se opta por dejar hacer, dejar pasar”.

Monsalve afirma que en la UCV no se problematiza la necesidad de garantizar que la universidad sea autogestionaria ni usan las herramientas que poseen a su favor. Respecto a esto, Jesús, nos coloca un diáfano ejemplo:

“En el comedor hay un problema básico, se requiere reparar una chimenea, los estudiantes de ingeniería con sus conocimientos y un mínimo de apoyo, podrían solventar, pero no, no se interpela a la comunidad universitaria, no se pide participación activa para resolver, sino que se alimenta una posición pasiva, se hace creer que la única solución es reclamar más recursos, o responsabilizar al gobierno y listo, son posiciones de partido”.

Pero, tal parece, que nosotros tampoco hemos podido asumir la batuta, pues mientras las autoridades de universidad estrechan su relación precisamente con partidos y sectores de oposición, nuestros movimientos sufren de ese mal que llaman: “la dispersión”.

“La situación de las fuerzas de izquierdas dentro de la UCV están melladas, estamos buscando generar una agenda colectiva de todos los movimientos, pero no hemos podido concretar, nos ha comido la despolitización”, agrega Monsalve.

Por eso, en el FCI, se están planteando nuevas formas de auto gestionar el movimiento, luchar por las reivindicaciones estudiantiles mínimas para garantizar su participación (¡y continuidad!) en la universidad.

En su agenda de reactivación ya existen puntos claros: interpelar a las autoridades, trabajar de nuevo en el tema de las contralorías, discutir cómo se entiende la democracia puertas adentro. Veremos si este movimiento renace y alcanza a vencer las sombras.