Hermano mayor

Fue un niño feliz, un niño que a los once años bailaba los Chimichimitos, El Carite, La Lancha Nueva Esparta y sabía cómo preparar una bomba molotov.

Tiene solo un apellido, el de su madre, el más común entre los comunes de Venezuela: Pérez.

Edgar Antonio Pérez lloró a todo pulmón por vez primera el 3 de diciembre de 1956. Sus gritos se perdieron entre los gritos de un montón de recién nacidos que como él atravesaron el umbral de la vida en la maternidad Concepción Palacios, allí donde nacen casi todos los caraqueños olvidados por el niño Jesús Navidad tras Navidad.

Su padre biológico se llamaba Francisco Ramón Barreto y su padre de crianza José Faustino Escalona, la tercera figura paterna para Edgar fue el abuelo Lucindo Arriechi. Advino en el seno de una familia querendona. El cariño que recibió lo colmó de tal manera que la tinaja de su corazón se desbordó y se acostumbró a repartir afectos como agua fresca.

Su niñez transcurrió entre el 23 de Enero, La Vega y Petare, tres lugares estigmatizados por las clases medias y altas como guaridas de chusma, malandros y drogadictos. Es el segundo hijo de una cantidad sorprendente de hermanos por parte de su padre Francisco. De su madre, doña Apolonia Alejandría Pérez, es el primogénito. Quizá por eso no sabe portarse de otro modo que no sea como hermano mayor.

No llegó a terminar sus estudios secundarios, pero desde que aprendió a leer no ha dejado de hacerlo. Lee por el gusto de saber, por la mera angustia y necesidad de entender su adentro y su afuera.

Con voz orgullosa, de señor que ha demostrado de sobra ser un intelectual orgánico ‒tal como lo soñó el pensador italiano que la Fiat se afanó en desaparecer‒, dice: “Yo tuve dos escuelas fundamentales, el 23 de Enero, encendido, ñángara; y La Vega, que es otra escuela de formadores revolucionarios”.

Imagine a un muchacho negro, pobre, rockero, con claras tendencias anarquistas, tarareando canciones en inglés de grupos cuya fama le daban la vuelta al mundo a finales de los años sesenta, canciones que a veces bramaban contra la guerra de Vietnam. Ese era el gordo adolescente.

Gente buena debe hacer yunta con gente buena

Con apenas 20 años conoce a la mujer que sería su compañera por más de tres décadas, Alicia del Carmen Cortez Guerra. Con ella procreó tres hijos signados por la misma energía del quehacer político desde las bases sociales: Francisco Javier, Ayarí Lisbeth y Atahualpa Kashí.

A mediado de los años setenta el gordo y Alicia se mudaron para Las Barracas de La Vega: una serie de ranchos de 6 por 6, algunos de cartón y zinc, otros eran containers de mercancía portuaria desviados de su destino original, como un naufragio en tierra firme.

Es posible ilustrar el carácter de un hombre común fuera de lo común con un trozo de su cotidianidad doméstica de aquella época:

Las mujeres de la zona lavaban ropa en un espacio colectivo. Decenas de mujeres asistían con bojotes de ropa sucia de sus respectivas familias a lavar y a compartir penas, chismes, frustraciones, esperanzas y expectativas. Mientras golpeaban telas enjabonadas contra bateas de piedra seguramente las burbujas de intimidades se mezclaban sin pudor. El pudor es un lujo.

Pero eran decenas de mujeres y el gordo Edgar, porque él era quien lavaba la ropa de su familia. El único hombre que con su fuerza de hombre lavaba. Más de una vez tuvo que cuadrarse y defender su masculinidad cuando las burlas se pasaron de la raya.

Llegó a pesar 130 kilos y en sus años de juventud era frecuente verlo pasar en una moto con su mujer y sus hijos, todos amontonados: un amasijo indeterminable de extremidades y cabezas sobre dos ruedas.

El gordo y Alicia se acompañaron hasta que no pudieron acompañarse más. Los amores eternos e impolutos son privilegio de pocos. Amar y desamar es lo corriente, y en el barrio, entre carencias, limitaciones y necesidades, amar salva lo mismo que desamar.

La separación fue una decisión sana de dos personas que seguirían unidas en la respiración de tres hijos. Tres hijos bien criados son tres puentes. El afecto y el respeto entre los viejos sobrevive como un raro y hermoso animal que provoca mirar.

Como si no fuese suficiente fortuna haber coincidido con una mujer buena, el amor volvió a sonreírle al gordo Edgar. Desde hace diez años comparte sus días con Benita Cova. Con solo ofrecer la mano Benita ofrenda también todo lo que tiene y todo lo que es.

Gente buena debe hacer yunta con gente buena y el gordo postula que incluso hacer el amor es un trabajo político.

El hombre araña

Es de los tejedores de redes sociopolíticas y culturales más significativos de Caracas, su alcance abarca todo el país. Con faena de araña incansable despliega hilos de afectos, y los adolescentes ‒incluso los más ardidos contra el mundo‒ terminan entendiendo su condición de sujetos políticos en una caimanera de voleibol o de pelotica de goma.

Siendo un muchacho de 13 años conoció y anduvo con el padre Francisco Wuytack y con Alí Gómez García. Alí el ñángara internacionalista, también vegueño, que a los 19 años abandonó sus estudios de Medicina para sumar su furia inteligente a la lucha armada venezolana y nicaragüense. Alí Gómez, quien murió en combate a los 33 años de edad, sin enterarse de que se había ganado el Premio Literario Casa de las Américas con un libro que escribió entre las correrías de la guerra y que está entre las obras más peculiares del imaginario político latinoamericano. Pero esa es otra historia.

El gordo Edgar creció y prefirió asumir otro frente. No le interesó la macropolítica que se ocupa de tomar el poder a través de cargos públicos claves. Le interesa la micropolítica, la formación de tejidos comunitarios a partir de solidaridad, encuentros deportivos, música, baile, resguardo de espacios comunes: organización popular.

En el Caracazo participó organizando saqueos. Suena contradictorio, parece absurdo poner orden en lo que de por sí es caos, pero eso hizo, porque eso sabía hacer y porque eso debía hacer.

Su cualidad de líder sirvió para que la gente de su comunidad no saqueara más de lo necesario, para que nadie resultara muerto o malogrado y para distribuir la mercancía de manera equitativa. Encarnó el papel de un regidor ético que encauzaba la cólera.

Tres años después, en 1992, fue parte de la red de civiles que apoyó el golpe de Estado de Chávez. Como hizo el negro Villafaña, pero más imbuido en la densidad del barrio, con el barrio escaleras arriba, a cuestas.

Caviló que el golpe era una jugada que debía apoyar porque el desastre socioeconómico era insoportable, los eternos dolientes de la miseria se multiplicaban por millones como piojos y Venezuela era negociada a jirones.

Una vez que la insurrección fue controlada por el poder, la Disip ‒fiel a Carlos Andrés Pérez‒ se derramó como ácido por las veredas de los barrios caraqueños. Alicia, compañera del gordo, es detenida durante dos semanas para dar con él porque había logrado escabullirse.

La cuestión es que en los años 90 la cara del gordo no se conocía como pudiera conocerse hoy, en plena era digital; y cuando los esbirros subían mugiendo hacia su casa, el gordo bajaba y pasó junto a ellos como un mortal cualquiera.

Seguramente en la imaginación de los tipos el gordo Edgar se pintaba como una mole de dos metros, blindada de músculos, con superpoderes peligrosísimos, y un leotardo escarlata.

Pero el gordo Edgar es un ciudadano más, con pinta de albañil, busetero, vendedor de frutas o jugador de softbol, con cara de hombre trabajador porque es un hombre trabajador, piel de oscuro mestizaje, cabello prieto y crespo (ahora escaso y gris), como millones de caraqueños. Así son los héroes de la vida real, caminan junto a nosotros por los pasillos del Metro y los empujamos para que dejen de estorbar en las puertas del vagón.

El asunto es que más abajo de la casa del gordo, efectivos de la Disip cumplían con su deber afanosamente. Varios se encimaban sobre el hombre más vulnerable de La Vega: un borracho amigo de todos. Un hombre con el juicio afectado por las desgracias y las carencias. Un hombre con la ropa tan en harapos como el alma.

Claro que aquel hombre conocía al gordo Edgar, por supuesto que alcanzó a verlo cuando se alejaba de espaldas a sus torturadores. Pero no era un delator, a pesar de los voltios de dolor que subían en espasmos insoportables desde las bolas hasta el cerebro. No delató porque “yo no echo paja”, “yo no echo paja” repetiría en lo sucesivo, como un soldado que regresa de la guerra colmado de honor y trauma.

El gordo tuvo que esconderse largo tiempo, alejado de su compañera y de sus hijos. Pero la consagración al trabajo de conectar voluntades y deseos colectivos no cesó.

Participó en la creación de las asambleas de barrios de Caracas: aquel proceso que dio inicio a la organización de las Mesas de Agua. Formó parte del Proyecto Nuestra América, junto al negro Villafaña, Roland Denis, Carlos Lanz y una caterva de muchachos y muchachas que discutían sobre la necesidad de una Asamblea Constituyente una década antes de que Chávez, siendo presidente del país, la convocara.

En el año 74 participó en la toma de unos terrenos en la entrada de La Vega, con la idea de edificar viviendas. En aquel tiempo esa iniciativa no prosperó. La curva pícara del tiempo giró y 40 años después otro grupo de gente resteada, del Movimiento de Pobladores, volvió a tomar esos espacios con la misma idea y llaman al legendario gordo.

Fue el primero en llegar con su pie diabético y sus pesados 53 años. Fue el primero en llegar porque cuando se demanda su presencia reluce disciplina como un sable pulido y desenvainado.

Esa vez la cosa sí se dio según lo planificado, y en homenaje y reconocimiento a la consecuencia del gordo propusieron poner su nombre al urbanismo que se levantaba. Él se opuso. Insistieron. Se mantuvo firme en la negativa. Le pidieron, entonces, que lo bautizara con el nombre de algo que quisiera mucho. Accedió. El urbanismo se llama Kai Kashí como su nieto.

El trabajo político lo hace desde la plataforma cultural. Las organizaciones de protesta las hace con músicos y tambores. Así “secuestraron” al viceministro de Alimentación en 2008, porque después de cuatro meses de gestiones organizadas las personalidades “competentes” no respondían la demanda de reabrir un Mercal de la comunidad que habían dejado de abastecer.

El gordo dijo con su humor habitual, con tranquilidad e incluso frescura, “vámonos con los tambores pal Ministerio”, y lo hicieron.

El viceministro bajó a dialogar con la intención de volver pronto a sus oficinas. Pero “no señor, vamos para el barrio ya mismo”. Y al barrio fue a parar el viceministro. Entonces, “tú de aquí no te vas. Monten a hacer comida para todos”.

Se armó una fiesta, una pachanga con comida y bebidas, y el tipo no se podía desprender de aquel jolgorio, y el secuestro era una gozadera y una celebración que exigía derechos con música y bailanta. Así recuperaron su Mercal.

Dos manos izquierdas

Donde ha vivido se ha incorporado a la organización popular, a la política comunitaria que apalanca la gran política y de la que parasita con descaro la fulana real politik. Lo hizo apenas saliendo de la niñez en el 23 de Enero, La Vega y Petare, y durante toda su vida a lo largo y ancho de la Venezuela más underground.

Durante muchos años estuvo al volante del personal administrativo en la Universidad Central de Venezuela, “el chofer intelectual” le decían algunos, ya está cerca de jubilarse.

Es torpe con las manos, el trabajo manual no se le dio nunca, es como si tuviera dos manos izquierdas, como si su cerebro fuese un músculo entrenado para las tareas intangibles: diseñar estrategias de comunicación, establecer sanas relaciones interhumanas, planificar, analizar, estudiar, reflexionar, articular discursos. Pero lo tangible se escapa de sus facultades como si intentara atrapar guabinas vivas: construir cosas, reparar mecanismos, armar objetos, dibujar y el innumerable etcétera.

Asegura que la juntura para sobrevivir a los tormentos cotidianos ‒la falta de agua, de pan, de servicios, de espacios para el esparcimiento y para el amor, de transporte, la falta de circuitos óptimos para cuidar la salud, la eterna y maldita falta que subsume a las mayorías, y la violencia, la violencia de ricos contra pobres, la violencia de pobres contra pobres‒ debe politizarse.

Se logra así una guerra de guerrillas sin armas ni violencia, mucho más peligrosa para el enemigo porque es legal y porque sacude las almas narcotizadas por el sistema. El gordo Edgar nació para despertar ánimos a punta de tambores.

Le gusta comer, jugar ajedrez, es buen conversador y tiene un brillo particular en la mirada, como si un cristal convexo cubriera sus globos oculares, pero la verdad es que se trata de la luz que fosforece en la gente buena.

La fortuna económica le fue indiferente, jamás la buscó, todo indica que si en algún momento se le acercó le echó un mal chiste y le pidió que siguiera de largo porque estaba en una movida más importante, organizando pobres, por ejemplo.

En cambio uno puede ver cómo el amor se tuerce elegante detrás de sus pantorrillas, mueve la cola peluda entre sus piernas, se acomoda sutil en su regazo, le restriega el lomo por los costados y le ronronea con ternura mientras él lo acaricia.

Actualmente La Vega sufre un proceso de despolitización muy rudo. El espacio que hace cuarenta años conquistó el padre Wuytack con su muchachada y que ha sido territorio de importantes movimientos culturales, como los que aún encabeza el gordo Edgar, está siendo afectado por un fantasma de desclasamiento común en otras barriadas del país.

Ese desclasamiento no debe confundirse con el legítimo descontento ante errores y desmanes cometidos por la alta dirigencia chavista. Se evidencia en la peligrosa añoranza de la política jurásica: gran parte de los  electores de La Vega tiene algunos años aportando su voto a los partidos de derecha.

Pero las ruecas de la historia no se detienen. Hombres y mujeres como el gordo Edgar están hilando humanidad y memoria contra la infamia.

Fotografía de Dikó y Johnny Gomes.