Todos los hombres fueron niños alguna vez, pero no todos los niños remueven basureros buscando libros, mucho menos si tienen delante la inmensidad escandalosa del mar.

A veces, cuando se inquiere con ojos, manos y corazón, lo maravilloso se muestra. Pasa entonces que un niño que hurgaba encontró El Capital, escrito por un hombre que fue también niño, en otros paisajes, otro tiempo, otra lengua, y, a pesar de todo, con el mismo apuro por diseñar respuestas al desastre social que aquejaba a nuestro niño de viento marino. El negro Villafaña tropezó con la voz de Marx y halló así una esquina fundamental de su destino.

El negro fue un “niño color de mi tierra” como tantos, uno que nació en el cuenco de una familia signada por la carencia material, por la escasez de lo necesario, un niño caribe que se aferró al hambre del conocimiento para no ser arrastrado por esa otra que despedaza carne, que corroe huesos y tuétanos, que consume nervios: la maldita, la furibunda hambre del cuerpo.

Fue el segundo de nueve hijos. Sostenido sobre la delgada tela que el sudor del padre tejía a punta de construir carreteras como tractorista, el negro, de todos y para todos sus iguales, se agitó con destreza de araña, elevado y ligero de corazas, por encima siempre de la ruindad.

Me da por imaginarlo aceitoso, prieta y lustrosa la piel, como una fracción hermosa de cielo anochecido debajo del sol más agresivo de Catia la Mar. Me gusta suponerlo en sus primeros años leyendo a veces, corriendo y pescando otras, dudando y cavilando siempre. Cavilando siempre.

Inició el bachillerato en el liceo José María Vargas, entre el fulgor de sales de La Guaira, y lo culminó en el Luis Espelozin, en la ciudad derramada bajo los pies de un cerro denso de verde y nubes, Caracas, hirviente de contradicciones, de miseria y opulencia, de furia buena, de furia mala, toda de furia.

Con 19 años ingresó en la Escuela de Sociología de la Universidad Central de Venezuela, la cabeza atribulada de angustias, surcada de ideas, el estómago con la misma avidez. A los 21 años, a ritmo de quien no puede permitir que se le escurra el tiempo en vano, empezó a militar en Bandera Roja (BR).

Cursó 6 semestres de esa primera carrera universitaria y la abandonó para dedicarse de lleno a las demandas de la militancia, muy delicadas porque la clandestinidad era un velo susceptible de caer en cualquier momento ante el horror de la persecución, la desaparición, la tortura y la muerte.

Unos años después los vientos de aquel partido político, que había sido un frente guerrillero contra la agresión de los gobiernos puntofijistas, viraría sus intereses hacia la oscurana y, por supuesto, el negro se apartaría de aquella cosa.

Sin embargo, el trabajo político activo lo aprendió allí, y allí conoció a la mujer que lo acompañaría hasta su muerte, por más de 30 años, una luchadora como él, conocida por todos como la flaca.

La flaca y el negro escribirían desde principios de los años 80 y hasta el resto de los días, los de él, los que aún le quedan por vivir a ella, una historia de amor insurgente, combativa, de resistencia y ternura.

Entre militancia, estudios universitarios, desempleo, estrategias y praxis profundamente revolucionarias, el amor germinó en dos hijas. El negro quería hijas, niñas, mujeres, iba contra la corriente cual salmón incluso en sus deseos paternales, y una vez más, gracias a su búsqueda con ojos, manos y corazón, se mostró para él la dicha: Inti Amarú e Indira Miguel le nacieron.

El negro y la flaca criaron dos niñas para la vida buena, las empoderaron, desajustaron los tornillos de la máquina que obliga a crear gente defectuosa en serie. Ensayaron en su hogar lo que deseaban para la humanidad.

Villafaña las conminó a conocer sus cuerpos, les enseñó que eran suyos y de nadie más. Les recomendó tener más de una pareja apenas vio que ambas se abrían mandarinamente a las químicas del enamoramiento. Les pidió nietos, a ellas, a los novios de ellas.

Imaginemos la reacción de los adolescentes, frente a un suegro de carácter inflexible y discurso frontal que, en lugar de prohibir salidas o encuentros, reclamaba nietos. Pero por más que deseó con ojos, manos y corazón, este anhelo no se cumplió. Los nietos llegaron muchos años después, al negro no le alcanzaría el tiempo para conocerlos.

En cambio, otras muchachas de la cuadra, las adolescentes de Chapellín y de tantos otros barrios de Caracas y el mundo, sometidas a la represión de padres y madres, a miradas y lenguas acusadoras, al estigma y prejuicios sociales, azotadas por urgencias de amores biches y accidentados, parieron y paren desde niñas, golpeadas, violentadas, apagadas.

“Nunca fue un padre violento ni maltratador. Rompía los esquemas de los padres de su tiempo y de hoy día. Fue muy alegre, disfrutábamos de sus chistes, tenía un humor negro como él”, rememora con resplandor de cielo blanco en los dientes, Indira, la hija menor del negro.

Exigía que lo llamaran así, negro. Era negro y se enorgullecía a viva voz de su negritud. Le arrechaba que lo envolvieran en la categoría de afrodescendiente, lo asumía casi como una afrenta. De hecho, cuando arribó con potencia de cataclismo la era de Internet y las redes sociales, agregó un adjetivo aún más provocador: “hereje”. El negro hereje era Luis Villafaña.

Echemos un poco atrás el carrete. Son tantos los hilos, que temo perder el sentido del tejido. Empezando la década de los 80 se apartó de BR y se incorporó a la Escuela de Filosofía de la UCV.

La historia y quienes la vivieron recuerdan que esa década fue una enorme llaga. La situación política, económica y social de los 80 puede ilustrarse como una bestia aferrada al cuello de la pobrecía venezolana, sin dejarle posibilidad de maniobra.

Pero el negro mantuvo la cabeza atribulada de angustias y surcada de ideas, aunque el estómago con la misma avidez. Permanecieron hirvientes sus ganas de sacudir en algo el orden de las cosas. En los pasillos de su escuela hizo yunta con gente que lo acompañaría en las bien verdes, y también en lo dulce de la fruta rara que fue su vida.

La historia de un hombre no es solo su historia

La historia de un hombre es la urdimbre de hebras de otras vidas que se entrelazan en la confección de cobijas espesas. Un hombre solo, no tiene historia. Roland Denis, Teresa Gómez (la guara), Morella Barreto, otras y otros, jóvenes todos, inquietos, activos, impetuosos, en búsquedas y afanes por organizar la energía del descontento, urdieron una red de debates universitarios, y de ahí en adelante sus caminos estarían interceptados.

“Los aportes que hizo toda su vida a la propuesta de construir una referencia de izquierda DE, DESDE y PARA nuestra América, siempre fueron su norte”, asegura la guara, y lo reitera cada persona que lo conoció de cerquita.

En pleno ardor de miseria y caos, la prioridad del negro era estudiar, cerrar bien su ciclo universitario, dar vueltas al pensamiento de José Carlos Mariátegui, analizar y reflexionar bien lo que tenía que decir sobre un hombre muy poco tomado en cuenta en nuestro propio continente de maravillas e infortunios.

Se interesó en la idea de un marxismo nuestroamericano. Estudió al pensador peruano con disciplina de monje medieval, pero en pleno incendio caraqueño a finales del siglo XX, no solo para desarrollar su tesis de grado, bastante sui generis en una escuela que mucho miraba y mucho mira hacia la Europa primera, sino para hacer germinar dinámicas de organización popular que respiraran el aire de esta tierra, que bailaran al son de estos mares.

Durante los años que fueron del 83 hasta el 89 la lucha del grupo que formaron aquellos chamos ucevistas fue encarnizada y radical. Más allá de la universidad emprendieron trabajo de barrio (23 de Enero, El Cementerio, Catia), con una estructura distinta a la vieja política que hacía rato se columpiaba en una mecedora destartalada. El negro, Roland y otros compañeros  asumieron el liderazgo de ese movimiento.

Coordinaron varias redes con núcleos en distintas ciudades, y enlazaron con intelectuales: metodología, investigación acción, aspectos teórico-metodológicos. Incluso conectaron con movimientos internacionales e integraron la llamada estrategia continental de lucha, más o menos del 88 al 92.

Carlos Lanz, Roland Denis, Teresa Gómez, la flaca, el negro, y otros muchachos y muchachas, habían creado, además, la editorial Primera Línea y publicaban los Cuadernos para el Debate, volantes, periódicos.

La producción de esta editorial cumplía una función informativa y de contrapropaganda a los gobiernos de turno muy importante, especialmente si se piensa que en aquel tiempo no existía Internet, lo que circulaba y valía era el papel impreso y la comunicación telefónica.

En uno de esos cuadernos Martín Villarroel publicó un lema: “Logremos la desobediencia civil”, a partir de ese momento comienzan a identificarlos como “los desobedientes”: Villafaña, Roland Denis, José Roberto Duque, Yulimar Reyes, gente del 23 de Enero que conformaba el grupo Hombre Nuevo, Sergio Rodríguez, eran parte de los desobedientes.

La editorial funcionó unos años, hasta el estallido del 27 de febrero del 89. Las sedes, tanto de Mérida como de Caracas, fueron allanadas inmediatamente después de ese día, destrozaron las máquinas y se llevaron lo que pudieron. Muchos compañeros fueron encarcelados, heridos, torturados, desaparecidos y asesinados.

A todos los sorprendió el Caracazo, pero la sorpresa no evitó que se metieran de lleno a batirse como cobre del bueno y recibieran plomo. El negro pudo huir y esconderse con su esposa e hijas. Tiempo de espanto y zozobra aleteó con sus alas de gallinazos sobre todos, pero no logró vencerles el ánima.

En los años 90 emprenden el Movimiento Nuestramérica, encabezado por el negro, Roland y Carlos Lanz, así se prendió la chispa de lo que hoy se conoce como “colectivos” y que en algunos casos se han desvirtuado y burocratizado, mientras otros conservan el espíritu original de lucha y organización popular.

Al negro le tocó hacer el puente y articular lo necesario para estar presente desde el ámbito civil en el golpe de Estado del 4 de febrero. En el golpe siguiente, que fue meses después, en noviembre, el negro también estuvo muy activo, incluso cumplió con la tarea de robar armas para preparar lo que sería la defensa popular. El negro Villafaña fue un gran articulador de los momentos insurgentes, aunque era declarado enemigo de las armas.

El fragor de la insurrección en Venezuela, en los años 90, absorbió toda esa energía, palpitaba con desafuero la posibilidad real de una revolución, que en las décadas anteriores no había cuajado. Emergió el principio del poder constituyente del pueblo del cual el negro fue pieza fundamental.

Una vez que Chávez llega a la Presidencia de la República, Villafaña formó junto a Nicolás Maduro, Juan García y otros compañeros, el primer núcleo sindical del chavismo, la Fuerza Bolivariana de Trabajadores, que haría frente a la adeca Confederación de Trabajadores de Venezuela.

Su lucha más difícil la libró durante casi 8 años contra un enfisema pulmonar. Nunca dejó de soñar y de trabajar duro por aterrizar su sueño: un mundo de iguales, un mundo sin desposeídos y sin opresores. Sus años de servicio en la Biblioteca Nacional, las obras y artículos de análisis que publicó, lo refrendan. Pero también y sobre todo los afectos que persisten en la mirada, en la voz quebrada, en la palabra de su gente más cercana, en sus actos y sus consecuencias.

El acontecimiento que mejor describe la dimensión humana del negro es también por mucho el más inverosímil. Cuando sus hijas eran bebitas menores de cinco años, la flaca y él lograron comprar una casita, pero Inti, la mayor, se enfermó y tuvieron que mudarse algunos meses a Catia la Mar, a casa de la madre de Villafaña, hasta que la nena mejorara. Al regresar, encontraron en el patio a una mujer con un bebé y otros niños, todos chiquitos.

La mujer, recién asesinado su esposo, sin nada más que una cuna y su pobreza legendaria, quién sabe cuánto tiempo llevaba allí. El negro y la flaca escucharon la historia de una madre acosada contra la pared de la miseria. Se apartaron de ella por unos minutos, el negro hizo una propuesta a la flaca, la flaca aceptó así: “Vamos a echarle bolas”.

¡Regalaron la casa y parte de sus muebles!, como una culebra que suelta su piel y ya no la extraña más. Al negro y su familia les tocó arrimarse nuevamente en Catia la Mar, sin casa propia, pero satisfechos de que unos niños y su madre contaran con un refugio digno.

Roland Denis no duda en decir que el negro fue su mejor amigo y habla de él con la confianza que solo se permiten los hermanos: “El negro era muy jodedor, brillante, genial, muy inteligente, pero también muy insoportable (y ríe), porque el negro era así, pero todo el mundo se lo calaba (en este punto hace un silencio largo, en el que cómodamente caben todos los años de andanzas juntos, y concluye): era una persona de un inmenso amor, un héroe de la vida”.