Corría el día del Padre. No había plata, pero al menos la fiebre del mundial se había apoderado de la casa de mis viejos. Entonces, justo cuando arrancaba el juego Brasil-Suiza, mi celular empezó a fallar: “No hay sim card”.

“Lo que me faltaba”, pensé. No obstante, mi espíritu optimista (o la necesidad de aferrarme a algo para no caer en crisis), me dijo: “Tranquila, debe ser que el chip está muy viejito, mañana vas a Digitel, lo cambias, y listo: se soluciona el problema”.

Dicho y hecho, el lunes decidí escaparme de la oficina un poquito antes, al fin y al cabo, Las Mercedes y Chacaíto no están tan lejos. Sin embargo, el reloj me jugó en contra. Llegué corriendo al Centro Comercial, tome un ticket de estacionamiento, pare atravesada, y baje corriendo al Centro de Atención al Cliente de Digitel.

Al entrar, hice una colita junto a unas 5 o 6 personas. Nuestros casos, afortunadamente, no coincidían: Todas ellas habían sido víctimas del hampa durante la semana anterior. La mayoría en zonas pertenecientes al estado Miranda.

Entre cuento y cuento, llegó mi turno. La vendedora me informó que reponer el SIM me costaría 200 mil bolívares, tenían punto, y en 24 horas el teléfono estaría nuevamente activo. “Una maravilla”, me dije. Pero, como ustedes sabrán, la alegría es fugaz…

Al terminar, me dirigí nuevamente al estacionamiento y ahí estaba, una hoja tamaño carta, perfectamente plastificada: “Tarifa única: 40 mil bolívares. Solo efectivo”

“El coñisimo de su m…” susurré, mientras me apresuré a abrir mi billetera (que al ritmo que vamos tendré que rebautizarla como: “la porta documentos, facturas y papelitos de puntos de venta”) para certificar que yo de vaina llegaba a 30.

“Bueeeeno, pero alguna solución tiene que haber. Total, solo llevo 40 minutos en esta vaina”, pensé. Sin embargo, al acercarme a la taquilla y explicarle al cobrador lo ocurrido, no hubo ningún argumento que le pareciera válido. Al contrario, el tipo tuvo las bolas de preguntarme “si yo estaba ciega” o “no sabía leer”.

Acto seguido, yo y mi vestido de flores, procedimos a sentarnos en el capo del carro, aunque el calor del motor me fundiese el c…, y gritar: “Bueno, tú me dices, mi rey, o me dejas ir o me vas llamando a la policía”.

El carajo emitió el ticket, pasó el código, y me dejó ir, no sin antes insultarme un par de veces más. Yo, con mi mejor actitud de “loca” en potencia, salí disparada del lugar. Al llegar a casa, percibí que buena parte de mi vestido estaba mojado: Sin darme cuenta, había estado llorando durante todo el camino.

Esa tarde una suerte de shock se apoderó de mí y me sentí profundamente frágil, derrotada, con una mezcla de tristeza y rabia que ni siquiera sabía bien hacia qué o quién direccionar.  Al rato, mi compañero halló la manera de comunicarse conmigo para preguntarme ¿qué tal había estado mí diligencia?

Como pude, le conté lo ocurrido: “¿Qué culpa tengo yo de qué en el país “no haya” efectivo? ¿Por qué un estacionamiento cuesta 40 mil bolos independientemente del tiempo que se esté en él? ¿La bendita SUDEBAN no y que iba a poner centenares de puntos? ¿Qué le costaba a ese cajero solidarizarse conmigo? ¿Acaso él sí tiene mucho efectivo?”, le preguntaba.

“Bueno, mi amor, yo no lo estoy excusando, pero quizás ese carajo está ahí igual de obstinado que tú, cobrando un sueldo mínimo que no le alcanza para un coño, metido 8 horas en una taquilla, seguro tampoco tiene efectivo y quién sabe para donde le tocaría moverse, incluso puede que haya tenido que poner los 10 mil que te faltaron a ti”, me respondió él.

“Pero, insisto: ¿Yo tengo la culpa?”, le cuestioné. A lo cual, como un mago del boxeo, el hombre me respondió: “Bueno, yo tampoco tuve la culpa de que a ti se te dañase el celular y ya ves”. De esta forma, mi compañero me hacía ver que yo también llevaba un par de días pagando mis arrecheras con él.

El silencio se apoderó de mí.

Desde ese día hasta hoy, no he parado de pensar una y otra vez lo mismo: ¿Hasta qué punto la crisis que estamos viviendo ha mermado nuestras relaciones interpersonales? ¿Será que de repente, sin siquiera darnos cuenta, estamos perdiendo también nuestra esencia bonachona?

“Tranquila, yo también me he preguntado: ¿se me está enfriando el corazón? ¿Me estaré acostumbrando a esta vaina?”, me dijo una amiga.

Creo que hoy, a todos, nos toca hacernos el cuestionamiento. Seguimos.