De golpe, el celular había dejado de leer la sim card. La cambié por una nueva. Espere las 24 horas reglamentarias. Pero, todo seguía igual. Entonces, empecé a probar cuanto chip se atravesará: Movilnet, Movistar, viejos, nuevos, grandes, pequeños… Nada. El celular había muerto.

Acto seguido, procedí a activar todos mis planes de contingencia. Primero, el gratuito: en la emisora donde trabajo hay dos técnicos que históricamente me salvan la patria en lo que a tecnología se refiere. Sin embargo, uno de ellos se fue a Perú. Y el otro, tras mucho intentarlo, no consiguió el IMEI que mi teléfono había perdido.

Entonces, me lancé el segundo plan: Acudir a los localcitos de La Candelaria, donde años atrás mandé a reparar mil y un teléfonos. “Esos teléfonos Victoria 2 salieron muy malos”, “No, eso no tiene arreglo”, “Puedo intentarlo, 20.000.000 Bolívares, pero no te garantizo que quede bien”.  O sea, la vaina era como tener la mamá, pero muerta.

No obstante, al escuchar que una posible reparación estaba rondando los 20 palos, me animé a revisar qué tanto estaría costando mi teléfono en MercadoLibre: 280.000.000. Entonces, decidí acercarme a Metrocenter “a ver el precio” de los nuevos.

“Quizás haya algún perolito más barato, pueda apelar a los 100 millones de las Tarjetas de Crédito, y ver si el Banco me aprueba un credinomina. Total… José (un pana de la oficina) pidió uno para comprarse unos zapatos”, pensé.

En efecto, eso es lo que había: perolitos. “Caros y chimbos”, diría mi vieja. Pero, ninguno bajaba de los 500 millones. Mientras que en el sector de los denominados “teléfonos inteligentes”, un Samsung se exhibía a 1.200.000.000 (se lee: un millardo doscientos mil).

En una especie de “resignación”, me aboque a buscar un potecito prestado, pero al parecer esos eran justamente los que la gente andaba usando. Finalmente, conseguí uno. Era Movilnet y no tenía línea. Por lo cual, volvimos a Metrocenter en busca de una, pero el local estaba absolutamente cerrado.

– “Algunos días de la semana abren y otros no, es que no tienen línea”, nos dijeron en los locales aledaños.

– “¿Línea? O sea ¿Sistema?”, pregunté.

– “No, no, línea, chip, sim”.

“Me jodí”, pensé.

Durante días no quise saber nada de nadie.

“Marica, me siento como la mierda. Yo no sé si estoy empezando a sufrir los males de la clase media cliché a la que tanto aborrezco, pero, de pana, una voz en mi cabeza no para de decirme: que bolas, Jessica. Tienes como 4 trabajos, te partes el lomo todos los días, pero se te jode el teléfono y adiós luz que te apagaste”, le comenté a una amiga.

Ella intentó darle la vuelta a la tortilla: “¿Algún amigo fuera del país que pueda comprarte uno?”, “¿Uno usado, de alguien que se vaya?”, “¿Un contacto en Movilnet?”

De repente, todas sus preguntas hacían más turbio el panorama, pues de una u otra forma me enfrentaban fuertemente con la realidad: amigos que se fueron y se van, personas que viven de las divisas que alguien les envía, gente “con contactos” para resolver, etc.

Con el paso de los días, la rabia crecía.

“Cálmate, marica. Es un celular. Un celular. Nadie está enfermo, nadie se va a morir”, decía el angelito sobre mi hombro izquierdo. Pero, el diablo no tardaba en refutar: “Si, güevona, un celular con el que básicamente te ganas la vida, posteando vainas en redes sociales, usándolo de modem porque CANTV te dejó morir, etc.”.

Cuando lograba espantarlos, aparecía el miedo al futuro: “Hoy es un celular, Jessica. Pero ¿y mañana? ¿Qué pasará si un día se te quema la cocina, se funde la nevera, se desarma la lavadora, se jode la computadora, o al carro le da por no prender más?”

“No seas pesimista”, volvió el ángel. “Son cosas factibles”, agregó el demonio.

El hecho es que por aquellos días me cayó la locha: En la Venezuela de hoy es imposible recuperar las cosas materiales que, de una u otra forma, vamos perdiendo.

De repente, me pregunté cuánto costaría un celular en otros países del mundo (y cual sería mi sueldo en los mismos). A la par, recordé aquella época de bonanza en que me robaban uno y al día siguiente podía comprarme otro. De todas todas, hay algo de cierto en aquel dicho que reza que irse a los extremos nunca es bueno.