El día a día de los pobres, entendiendo además que la clase media no existe, es una eterna batalla sobre el ring de la vida. Y en un deporte como el boxeo, el papel que desempeña la esquina es crucial. Desde el vendaje a los cortes, todo importa.

Con el vendaje perfecto nos abrimos paso a una buena pelea. Con la dosis exacta de vaselina también (y cualquier chinazo es válido), pues el guante patina y se evita quemaduras y marcas totalmente innecesarias. Con una buena cura podemos remontar: “Un corte mal frenado puede hacerte perder un combate que llevas ganado”, dicen los que más saben.

Por eso, la esquina siempre debe estar ahí, aunque durante la pelea no podamos verla, pues lo único que importa es la máxima: Pegar y que no te peguen.

Sin embargo, cuando se vuelve a escuchar la campana llega el momento de sentirse arropado… y ahí está tu esquina. Ese es el instante para las reflexiones e indicaciones, pero sobre todo para apagar posibles incendios.

Nuestra vida, afortunadamente (y especialmente en medio de la crisis que vivimos los venezolanos), está repleta de esquinas: el estudio, el trabajo, la familia, las pasiones, los amigos. Hay un libro colombiano titulado “el boxeo soy yo donde se evidencia que el hogar o el amor (independientemente de la manera que cada quien tenga de concebirlo) es también una gran esquina:

“… cuando entro en mi casa, luego de los vapuleos al cuerpo, siento que llego a la clínica del alma, el lugar donde para que no duela, la palabra tiene que ser dicha. ¿Que para qué? Pues para liberarme de esos golpes al cuerpo y al alma, aunque también para sacar esos otros que no se ven pero que están ahí, los que me ayudan a entender la diferencia entre el esplendor y el ocaso y viceversa…”

Esta columna busca ser ¡esa esquina! El espacio donde se pueda estar a favor o en contra de Néstor Francia (y del que sea) sin que eso nos conduzca a la hoguera, sin ser militantes de las mismas filas que están empeñados en vilipendiar a quien, por una razón u otra, no está 100% de acuerdo con nuestros planteamientos.

Aquí queremos contarle a Miguelito, el personaje de Mafalda, “por qué los relojes cuadrados también pueden doblar en las esquinas” y detenernos como hubiese deseaba hacerlo el comandante cubano pues cuando Gabriel García Márquez le preguntó a Fidel qué era lo que más quería hacer en este mundo, él contestó de inmediato: “Pararme en una esquina”

De una u otra forma, ya la sabiduría popular hace rato que emitió su sentencia: Nadie sabe lo que nos espera a la vuelta de la esquina. No obstante, es imposible no pasar por ella.