Como les he venido contando, hace unos días, mi celular entró en una especie de coma indefinido. Después de que se lo notifiqué a mis conocidos, fueron muchas las reacciones que se suscitaron.

Sin embargo, hay algunos comentarios que aún resuenan en mi cabeza:

– ¿Te están cobrando 20 millones para intentar revivirlo? Entonces, por lo menos tiene reparación.

– Dale gracias a Dios que por lo menos fue el teléfono y no la nevera, a mi cuñada le están pidiendo 50 millones para poner a enfriar la suya.

– Por lo menos conseguiste un potecito prestado.

Por lo menos, por lo menos, por lo menos…

Esto me hizo recordar que cada vez que a uno lo atracan, sale alguien a decir “por lo menos no te hicieron nada” y algunos hasta le agregan “gracias a Dios”.

Incluso, yo, hace muy poco, se lo dije a una amiga. Una amiga a la que, por cierto, seis tipos armados (uno de ellos con tremenda escopeta) le tumbaron su carro cuando iba llegando a su apartamento en Parque Caiza.

Fue justo después de esa conversación cuando me pregunté: ¿Cómo que “por lo menos”, Jessica? ¿Cómo que “nada”? ¿Qué carajo te pasa a ti también?

Es decir, ¿debemos estar “agradecidos” porque nos quedamos sin cocina, pero al menos tenemos lavadora? ¿Sentirnos contentos porque nos cayeron a coñazos, pero no nos mataron? ¿En serio? ¿No será que poco a poco nos hemos ido acostumbrando a lo malo? A resignarnos, a conformarnos…

En estos días, en medio del almuerzo, expresé mi malestar porque últimamente solo tengo agua uno o dos días a la semana y entonces un pana me dijo: “¿Y te vas a quejar? En Cuá tenemos más de 3 meses sin una gota”.

Si, papi, si me voy a “quejar”, y tú también deberías “quejarte”, pensé. Pero me mantuve en silencio. Para acto seguido, admitir que mi mente se divide entre el pánico que me genera convertirme en una quejumbrosa de esas a las que alguien le da los buenos días y enseguida sale con un “¿Y tú me puedes explicar qué tienen de buenos? Porque yo bla bla bla” o terminar siendo la que dice “Ay, bueno… Pero, por lo menos estás viva”.

De una u otra forma, la situación que vivimos nos está impulsando a aceptar cosas que en tiempos anteriores habríamos rechazado rotundamente. ¿Por qué lo hacemos? ¿Forma parte del proceso de supervivencia o sencillamente creemos que no existen más opciones y hemos caído en una especie de rendición?

Una vieja y cursi película argentina (No te mueras sin decirme a donde vas) que vi en mi adolescencia tenía un diálogo simple pero crucial:

– Vos siempre fuiste un poco soñador, ese es tu problema.

– Sin sueños no somos más que un montón de vísceras y miedos, respondía él.

Hoy creo que debemos hacer todo lo que esté en nuestras manos para echar a un lado el conformismo deprimente, y recuperar la capacidad de soñar con el mañana sin que la sola idea nos suene a pesadilla.