Desde que se intensificó la crisis económica, mis amigas más cercanas empezaron a parir para adquirir pastillas anticonceptivas: primero, desaparecieron; luego, llegaron unas distintas a las que ellas solían usar; después, volvieron a escasear; y finalmente aparecieron entre los Bs 3.000.000 y Bs 8.000.000, así que la mayoría decidió olvidarse de ellas.

En este trayecto, unas sufrieron más que otras, en especial quienes las usaban para controlar desórdenes hormonales. Algunas se colocaron el DIU, otras se sinceraron consigo mismas: “bueno, la verdad verdaita es que yo tampoco es que ando tirando todo el tiempo”, una acudió a los cubanos y terminó con diez kilos más por el cambio tan abrupto en la dosis.

Mientras tanto, yo, me mantenía ajena a la problemática: mi ciclo es un reloj y mi doctora nunca logró hallar una pastilla que me sentará bien. Así que mientras hubiese condones en la farmacia y el tipo no me saliera con que al ponérselo se le cae el pipi pues todo bien.

Hasta que un sábado en la mañana…

Yo me dirigí, sin ningún complejo, al farmatodo de la Avenida Urdaneta, a comprar mis condones marca “clímax… sensación natural”, pero para mi sorpresa veo que la cajita de 3 preservativos pasó de Bs. 200 a Bs. 1.250.000. De repente, una especie de crisis existencial se apoderó de mí. Y juraría que pase más de 15 minutos con la mirada fija en esa sección del mostrador.

Al final, me fui. Mi nivel de indignación era tal que ni siquiera me permitía sacar la tarjeta de crédito y darle otro coñazo más. Agarré mi celular: “Chamo… ¿tú sabes a cuánto subieron los condones?”. Esa tarde no hubo sexo. Y cualquier tinte romántico fue sustituido por mí: “Pero ¿tú entiendes la gravedad de esto? ¿Cómo hace un carajito de 16 o 17 años, por ejemplo, para tirar con protección? Porque cuando yo era chama había una versión de colorcitos llamada “te amo” que valía una locha, pero ¡ahora ni eso!”.

Al día siguiente, decidí escribirles a mis amigas echándole el cuento. Una de ellas me dijo: “mami… tú única salvación es PLAFAM”.

Yo, como cualquier egresada de la UCV, alguna vez fui a la Asociación Civil Planificación Familiar (PLAFAM) para hacerme un perfil 20 barato, oír alguna charla, etc. Sin embargo, a mis 28 años, ya me había olvidado de su existencia, pese a que muy cerca de mi casa (Altagracia) se encuentra una sede.

El lunes, al salir del trabajo, decidí acercarme. La casita ya estaba cerrando sus puertas (4:00 pm), aunque por dentro permanecía repleta de mujeres. Sin embargo, alcancé a cruzar un par de palabras con el vigilante:

     – “Señor ¿cómo es el cuento acá con los preservativos?”, le pregunté.

     – “¿¿¿¡¡¡Condones!!!??? ¿Tú quieres CONDONES?”, respondió el tipo, con esa actitud machista de quien busca avergonzar a quien intenta hacer las cosas bien.

    – “Si, señor, C-O-N-D-O-N-E-S, de esos que se ponen en el PENE, usted sabe: para TIRAR bien”, exclamé.

    “Ah… Esos se venden solo a las 8 am y luego a las 12 del mediodía, valen Bs. 2 cada uno, mínimo se dan 20 y máximo 60, pero en efectivo”, me explicó.

Entonces, procedí a llamar a una amiga que trabaja muy cerca del lugar, para pedirle que, al día siguiente, en su horita de almuerzo, me hiciera la segunda.

“Lo que me faltaba… tener que comprarte los condones”, me dijo.

Mi amiga es de esas que te salva siempre, pero a cambio te ladilla que jode. Por eso, me fue relatando en vivo y directo su favor: “Estoy en la cola”, “esto está full de gente”, “hay señooooras comprándole condones a los hijos, carajos, chamitas, viejos, de todo”, “también venden unas anticonceptivas, pero tienes que verte con las doctoras de acá y tener el récipe: te dan pastillas para 3 meses y solo valen 300 mil”, “si compras las pastillas te venden los condones por punto”, etc.

Justo después de alcanzar los objetivos e informárselo al pana predestinado a usar los benditos condones, al carajo no se le ocurre nada mejor que mandarme las capturas de una publicación en Facebook donde la gente debatía sobre “el tamaño” o la “eficacia” de los condones de PLAFAM:

“Mire, hermano, todos los condones son hechos por allá por Tailandia y la India, estos no son la excepción. Si sirven, sirvieron. Si no, bueno, mala leche…. Literal”, le grité.

En ese instante me cayó la locha: mi arrechera no eran las capturas, que en cualquier otro momento me habrían hecho cagarme de la risa, mi obstinación radicaba en percibir como PLAFAM estaba haciendo lo que el Ministerio de Salud hace años que no hace, y como yo, a estas alturas, tenía más dificultades para tirar con protección que a los 18.

Y es que sinceramente: ¿Será que las sanciones gringas nos impiden comprarle los condoncitos a la India o de repente tirar también se convirtió en un lujo pequeño burgués?