“¿Y ese aguacate?”, me preguntó, mirando hacia el comedor.

“¡Me lo robé!”, exclamé, como quién se quita 20 kilos de encima.

– “¿Cómo?”

“Bueno, es que tú sabes que ahora los gochos cobran Bs. 3 por bolsa, por eso, una se lleva sus bolsitas de tela, y entre mis carteras y esas bolsitas no es que haya mucha diferencia, entonces, en medio de la guardadera, fuas, me lo metí en la cartera”.

-“Jessica, no me refería a cómo te lo habías robado, sino a ¿por qué hiciste eso?”

“Ay, bueno, porque estoy obstinada, yo me quería comer una arepa con aguacate, es más: yo me merezco mi maldita arepa con bastante aguacate, y yo no iba a estar pagando y que 350 mil por uno… que no sean güevones… me lo robé y punto…”

-“¿Y si se hubiesen dado cuenta?”, me dijo, en una especie de risueño reclamo.

“Bueno, yo no conozco a la primera persona que haya sido detenida por robarse un aguacate. Si me pillaban me iba y ya. Ahhhh, pero antes de irme, le iba a echar paja a toditicos los que se andaban comiendo los cambures y mandarinas mientras hacían la cola para pagar, sin pararle nada de bolas al cartelón ‘fruta que se coma, fruta que paga’ jum”, refuté cual carajita pajua y malcriada.

Finalmente, ambos nos cagamos de la risa y le metimos diente al aguacate.

Durante la comida, yo le iba relatando cómo había sido mi mañana en el mercado de los gochos que se coloca los viernes y sábados en una especie de estacionamiento entre la Avenida Fuerzas Armadas y La Panteón.

Para mí, ese sitio, se había convertido en el lugar perfecto para leer al país (a una parte, al menos). Al entrar, cada persona se detiene frente a las cartulinas donde se anuncian los precios, y cada tanto voltean a verificar el costo de lo que están agarrando. De esta forma, se despiden del melón y optan por la lechosa, o abandonan el plátano y van hacia la yuca.

Pero, además, muchas personas entran, generalmente con niños, y dan un par de vueltas, en las que no compran nada o compran solo una cosita, pero en el trayecto, y en el lapso que pasan en la cola para pagar, se comen o le dan un sinfín de frutas a sus niños.

Por estos días, el fin de semana posterior al triunfo del presidente, la conmoción se apoderó de todos: por primera vez algo en la lista (papas, tomates y pimentones) había superado el millón de bolívares.

Este hecho hizo que todos los presentes se unieran en una sola voz: maldito Maduro y todos los que votaron por él. Sin embargo, esta idea, por primera vez, se mezclaba con otra: “la oposición tampoco sirve para nada, señora”, expresó alguien. Y todos asintieron.

Mientras tanto, yo estaba ahí: maldita, pero igual de rabiosa, en medio de un pueblo que parecía haber dejado de creer en la vía electoral, en una posible solución. Ahí estaba yo… con un aguacate en la cartera, y con unas ganas inmensas de huir o al menos de irme comiendo un cambur para que nadie se animara a preguntarme nada.