Corría el viernes 13 de julio. Era mi cumpleaños. Pero, de repente, las felicitaciones empezaron a entrecruzarse con el mismo mensaje: “Negra, están vendiendo aceite regulado en el Poliedro”.

De una u otra forma, mis allegados saben que llevo meses pariendo para poder comprar un par de litros. Sin embargo, cada vez que reúno la plata el costo se duplica.

A media mañana, me llama mi mejor amiga:

“Ni lo intentes, mami. Hay como diez mil personas. La mayoría están desde anoche. Nada se mueve. Solo se ven Guardias y Policías llevándose cajas y cajas”.

Al rato, el tema ya era “tendencia” en las redes sociales: la cola era del tamaño de la necesidad y la respuesta del gobierno tenía la estatura de aquel mal operativo.

Sin embargo, en la cuenta oficial de PDVSA anunciaban, casi con alegría, que tenían aceites para abastecer seis mil vehículos:

 

¿Qué tan desconectado de la realidad debe estar alguien para creer que esa cantidad sería medianamente suficiente? ¿Por qué nunca supimos quién “organizó” este desastre? ¿Cómo no intuir la cantidad de carros que se encuentran parados y acudirían al llamado, así como el sinfín de bachaqueros que verían en aquello el negocio redondo? ¿Por qué los aceites que produce PDVSA no se pueden conseguir, al mismo precio y con normalidad, en las propias bombas PDV?

Recuerdo que, en aquella oportunidad, solo se necesitaba llevar la cédula de identidad y el carnet de circulación del vehículo. Pero, apenas diez días después, el presidente Nicolás Maduro anunciaba un censo automotor a través del carnet de la patria.

Yo, de galla, pensé que la cosa sería para canalizar la venta de aceites y cauchos, para particulares. Pero, al rato entendí que se trataba de aumentar el precio de la gasolina.

Una semana después, ingresé en la web para participar del censo. Pero me quedé cinco minutos mirando la pantalla cuando el sistema preguntó: “¿Su carro está ACTIVO?”

¿Qué carajo se entenderá por “activo”? Porque mi carro está activo, así como los pacientes terminales están “vivos”.

Además, por ningún lado se les ocurrió colocar tan siquiera una pestañita donde uno pudiese apuntarse para que te entreguen una cita, un día y una hora, para el cambio de servicio. Un cambio verificado por ellos mismos. Así como tampoco se hablaba de cauchos ni baterías.

Al rato, la vicepresidenta Delcy Rodríguez, dijo que el censo buscaba acabar con “la política de DERROCHE de la ciudadanía en cuanto al uso de los combustibles”. Mira tú, y yo que pensaba que la cosa era para atacar el contrabando en la frontera, donde, por cierto, ya andan comprando el “carnet de la patria” en dólares y pesos.

Esto ocurre en los mismos estados donde desde el 2 de marzo del 2012 existe un “chip” de regulación que poco o nada ha logrado controlar.

Pero, en todo caso, yo me creería eso del derroche y lo apoyaría de no ser porque estoy 100% segura que la inmensa mayoría de los que aún tienen sus carros “activos” hace mucho rato que no los mueven de no ser estrictamente necesario. De hecho, en mi estacionamiento un gran porcentaje lleva meses parados, y hace muchos soles atrás quedaron las sempiternas colas que se formaban en las diversas autopistas y avenidas de la ciudad.

Aún así, supongamos que nosotros derrochamos que jode: ¿Cuánta gasolina se nos va a Colombia? ¿En cuántos millones de dólares anuales se traduce esa cantidad?  Pero, además, el grueso de ese contrabando tampoco se hace en tanques de autos particulares o en pimpinas, sino en buques tanque y otros buques. Es un crimen cuyo epicentro está en la propia PDVSA, en la GNB, y pare usted de contar.

De todas formas, está bien que se aumente el precio de la gasolina (no sé si a precios internacionales o en este preciso instante, pero insisto: está bien que se aumente). Ahora: ¿Cúal es exactamente el precio internacional?

De acuerdo con el último reporte de la consultora Global Petrol Prices, que analiza 165 países, el segundo país con la gasolina más económica es Irán donde tiene un costo de 0,27 dólares por litro (el primero éramos nosotros, obvio). En otras naciones latinoamericanas como Ecuador cuesta 0,39 dólares y en Colombia y Brasil, países que tienen frontera terrestre con Venezuela, 0.82 y 1.21 dólares respectivamente. Hablamos de ¿1$ por litro? Es decir, de un salario mínimo venezolano por litro (al menos hasta que se dé el anclaje del sueldo al Petro).  Bueno, y ¿cómo va a operar a fondo el subsidio? ¿De qué porcentaje estamos hablando? ¿De cuántos litros por mes?

Existe un plan, se ha hablado de un máximo de dos años, pero los “pre” anuncios que se han ofrecido solo nos sumergen en una ola de dudas que no favorece la confianza en el mañana. Veremos.