Cuando me vine a Caracas, viví en una habitación en Bello Monte en el apartamento de una señora de 77 años, llamada Amanda.

Tenía reglas estrictas. No podía ser de izquierda, y más importante para ella “no alquilaba a chavistas”; debía secar las paredes del baño después de ducharme con un pañito de cuerina amarillo, también las del fregadero; tirar el papel higiénico en la poceta porque le daba asco que sacáramos la bolsa de la papelera con las manos [y a mí, también]; no recibir visitas; ser célibe; no tocar su biblioteca [cosa que medía por la posición en que dejaba los libros, y las huellas en el poco polvo que se formaba en el día].

Durante la siesta, dejaba su dentadura en un vaso con agua, sobre las repisas del pasillo que daban a su cuarto, y que quedaban frente al mío. Conducía un Malibú azul 1984. Aprovechaba cuando se iba, me sentaba en el balcón [hermoso y desperdiciado balcón, bajo la sombra de una ceiba en la Avenida Miguelangel] a mirar a los viejos con los que más tarde me iría a jugar dominó, o a encontrar fotos blanquinegras, facturas, cartas, que eran los marcalibros en las páginas de Amanda.

Leía hasta atragantarme, en especial la obra de Unamuno, de quien la vieja era fanática, y de la que no recuerdo casi nada. Leía porque ella me lo negaba. Por nada más.

A veces, metía al novio y jugábamos a la casita. Volvíamos agua el baño y después lo secábamos uno contra el otro, sin la cuerina amarilla.

Una tarde, Amanda atravesó mi cuarto porque el vecino le había contado que me visitaba aquel hombre. Lo volteó, al cuarto de muñequita que me había confeccionado, de arriba para abajo, y no pudo verlo entre la ropa del armario. Sentí compasión.

Amanda, era una mujer sin hijos. La visitaba muy de vez en cuando una sobrina que, se notaba, la despreciaba, no dejaba siquiera que tocase a su bebé recién nacido. Otro hijo de su hermana Rosa, que estaba en el exterior, nunca la llamaba. “Nadie quiere a este país. La gente que se va, quiere olvidarlo. Por eso no llama”. El país era ella.  

Ella, hablaba sola y hacía listas mentales. Una vez la descubrí dictándose un testamento, a sí misma. Fantaseé con que a mí me dejase el balcón, nomas. Pero no era yo sino una extranjera en ese pedazo de su desierto.

Al irme, quedamos en muy malos términos, porque me acusaba de robarme un perfume suyo [del que siempre detesté su peste cítrica y penetrante y que me hacía retardar las mañanas entre náuseas].

Me acusó de robarle los cuchillos y de secarme el orine con su paño de manos. Fue hasta el trabajo donde me desempeñaba como marquetera y se lo gritó a los clientes. “Se fue con mis cuchillos. Me robó mi perfume”, explicaba en su desafuero. Lloraba. Mi tía con la que trabajaba, la hizo pasar al taller y me pidió que le sirviera agua. Antes de beberla, la examinó. En principio, sentí rabia. Y, al transcurrir la mañana, sentí pena.

Amanda era seca. Recuerdo que cuando me hablaba, se le templaba una vena en la frente, entre morada y azul. Los vasos sanguíneos de los brazos se le reventaban sobre el hueso, la cuerina amarilla.

Al llegar a la otra habitación a la que me mudé, desempaqué y encontré entre mis cosas a La tía Tula, la novela de Unamuno. Yo, no me la había traído. Costó entender que era la parte de su testamento que me hizo corresponder en vida, mi balcón que desde la inauguración de aquel viejo edificio siempre fue suyo, el balcón donde la miraría, sentada, arrepintiéndose de lo que no hizo.

La tía Tula, la historia de una mujer que abandona la propia vida por dedicarse a criar los hijos de su hermana muerta. Gertrudis, Tula, se rehogó en Amanda como una cruz en la pila. Como María, tuvo hijos sin mancillar su cuerpo, como si los pensamientos no se bañaran en el mismo lodo de la materia.

Solo durante nuestra muerte, se atrevió a dar.

En el libro, la tía legó la puritica mierda, esa mierda con la que una también está bien:

“piensen bien, bien […] lo que que vayan a hacer, […] que nunca tengan que arrepentirse de haber hecho algo y menos de no haberlo hecho… Y si ven que el que quieren se ha caído en una laguna de fango […] échense a salvarle, aun a riesgo de ahogarse […] sírvanle de remedio […] Fango hay en el purgatorio, fango ardiente que quema y limpia […] Es lo último que les digo, no tengan miedo a la podredumbre”.

Amanda me regaló un armario y un balcón y un libro para leer toda clase de amor.

Cuando me vine a Caracas, nunca más volví a casa de mi madre. Desde entonces, me he lanzado muchas veces al pantano. Cedí mi cuerpo al remedio, dos veces. Nunca pensé bien. Sentí. No me arrepiento de nada en absoluto. Y, en cada muerte, me regalo un libro.