¿Cuánto debe durar la vida? ¿La vida es una dentro de otra, o queda en otra parte? ¿Es la rama del árbol la extensión de la raíz, sus ojos en el cielo? ¿Son los pájaros los emisarios del agua en la comunión con el universo? ¿Es la vida tan larga como el paso de las nubes? ¿Los pájaros se convirtieron en peces confundiendo cielo y mar? ¿Los peces en hombre cuando comieron tierra? ¿Cuándo se dibujó el confín? ¿A quién se le ocurrió denominar mar al mar, cielo al cielo? ¿Quién lo dice, lo canta? ¿De dónde viene tú nombre?

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Cuando hablamos con Marta Doudiers sobre el asesinato de Evio, se sentía ajena. Miraba las nubes sobre la Plaza Bolívar de Caracas, cerca de donde Evio plantó otra pizzería. En palabras de Marta, Evio “practicaba el desprendimiento material”, entonces para ella era extraño que lo mataran por no dejarse arrancar el carro.

Al decir de Szymborska, que “exista la gente si quiere, / y después que se muera uno tras otro, / poco les importa a las nubes (…) / No tienen la obligación de morir con nosotros. / No necesitan ser vistas para poder pasar”.

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El maestro Diego Silva lo recordaba a Evio íntegro. Para él, el adrenalina caribe pudo ser parte del jet set de la música venezolana, pero prefirió no venderse. Y eso lo hizo respetable entre los respetables.

En la descripción de las nubes, Wislawa lo tiene claro. “Es propio de ellas / no repetirse nunca / en formas, matices, posturas y orden. / Sin la carga de ningún recuerdo / se elevan sin problemas sobre los hechos. / ¡De qué van a ser testigos!, / en un segundo se disipan en todas direcciones”.

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Ahí mismo, debajo del cielo lampiño del centro de Caracas, David Meire nos recordó que Evio nunca se quitó la capucha. “Era un tirapiedra, radical, también un padre”. El padre de los reinos intangibles. Pudimos conocer a través del Meire su última canción ‘Sueño de ancestros’, para la que reunió a toda Adrenalina Caribe en pleno.

Evio, preguntaba a todos su opinión sobre la pieza, para luego quedarse a vivir en la suya, su propia opinión, recordaba el también músico.

“Comparada con las nubes / la vida parece tener los pies sobre la tierra, / se diría que es inmutable y prácticamente eterna”, sentencia la poeta polaca.

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Mientras nos reuníamos en la plaza, testigos de nada, a Evio lo envolvía una tela blanca de algodón, como de algodón están hechas las nubes de los niños.

Durante nuestra última conversación, recibí tres regalos. El primero, lo que gustaba calificar como “el futuro”, la música de su hijo Vincenzo. El segundo, una historia de amor que implicaba a tres figuras públicas, entre las cuales estaba él. Pidió que no la contáramos hasta que los tres estuvieran muertos. Con él, dos de los tres ya partieron. Del tercer regalo, planificábamos hacer un vídeo. Se trataba del tema que hiciera hace 20 años y que no difundiera hasta entonces, ‘Mi camino’:

“No voy a la fiesta (…) La fiesta la llevo adentro, no la tengo que buscar (…) / Así como el mango que cuando madura, cae sobre la tierra y se rompe, / dejando salir la semilla, haciendo que nazca otro árbol, / como yo sé es mi destino, abandono la esperanza, y descubro mi camino”.

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La vida debe durar lo que la vida quiera durar. Cada cual debe ser dueño de su muerte. Caer no tiene porqué ser producto de una bala en el intercostal izquierdo. Pero como fuere, del mango caído come el sol. Y los pájaros elevan vapor amarillo. El mango se convierte en día y en el día nacen sus hijos.

Necesito creer que la madre, la ciudad, no mata a sus hijos. Es necesario creer que podemos caminar bajo las nubes, sin teñirlas de cloaca. Que la semilla no correrá peor suerte. Que, el hilo que se dibuja entre cielo y mar es la línea de sangre de la primera mujer, que no quiso parir al hombre que mata, al hombre al que matan. Que los caminos vivificarán el adiós. Que volveremos por más, y viviremos con menos, a hacer de nuestras manos otro árbol.

Evio, no sé de dónde viene tú nombre. Pero todo mango tiene por casa golpes de sol y de agua. “Tú nombre me sabe a hierba”.