Mireya tiene 52 años y las manos de una abuela de 70. Limpia un teatro en Caracas. Vive en Catia. Pasada las cinco de la tarde, se preocupa por la hora. Debe esperar a que terminen los actos para pasar la escoba, limpiar los baños y dejar todo en su lugar, poder irse a casa.

Hace tres meses que va y viene caminando, la mayoría de las veces porque uno: no consigue transporte; dos: no tiene efectivo para pagar un autobús (la tasa la duplican a diestra y siniestra debido a la escasez de unidades y repuestos, además de que el costo diario merma su salario mínimo); y tres: se resiste a montarse en una perrera desde aquel día.

Aquel día, me cuenta, después de esperar dos horas decidió subirse en una chirrinchera y cuando se dispuso a pisar las improvisadas escaleras de la parte trasera del camión se vino de espalda. La sostuvo la humanidad de un hombre con su niña. Era como su nieta. La hija de su hija recién nacida. Se lastimó. La lastimó. Y pudo haber sido peor.

Mireya no puede darse el lujo de caer. A la fecha, una caja de analgésicos para adultos (Diclofenac potásico, por ejemplo) está en 2 millones 900 mil bolívares, el equivalente a casi 60% de su salario. Mireya no puede darse el lujo de caer. A su nieta y a su hija las sostiene ella, no sabe ni cómo. Mantiene varios trabajos, y en casa plancha ajeno. Lavar ya no, porque el jabón en polvo cuesta más de un sueldo mínimo y el agua viene cuando Dios quiere… y Dios quiere poco.

En Caracas, las llamadas perreras fueron institucionalizadas por su alcaldesa, Érika Farias.

Recientemente y según informaciones suministradas por el Comité de Usuarios del Transporte Público, en Venezuela han muerto por lo menos 25 personas tras su uso, durante los últimos dos meses.

En Mérida se reportó el fallecimiento de once pasajeros, entre los cuales se cuenta un bebé, dos niños y tres adolescentes. En la Yaguara (Caracas), un hombre cayó y murió casi instantáneamente después de tratar de subir a un camión, tipo pick up, para trasladarse a su casa. Heridos se cuentan más de 30.

No hay dinero en efectivo para pagar el autobús, tampoco hay autobús. Los pocos que todavía transitan cobran hasta tres veces la tasas impuestas. Se calcula que el 90% de las unidades de transporte en el país se encuentran paradas debido a la falta de repuestos (más del 50% en Caracas, según su alcaldesa, sin contar los cementerios de autobuses Yutong que proliferan en los márgenes de la ciudad, y que alguna vez fueron emblema del gobierno).

No hay transporte público eficiente y el servicio del transporte privado, que comanda la mayor parte del sector, ha sido pésimo y hoy más que pésimo es inexistente.

Es común (lo fue antes y lo es ahora) en los barrios más empobrecidos el uso de camiones cava, o de plataforma sin baranda, cuyas condiciones inhumanas ya dejaron su huella en la creciente crisis económica y social venezolana. Muchas personas caminan hasta su casa, doce, quince kilómetros montaña arriba, antes de que caiga la noche, porque el hampa y la tiniebla juegan en contra.

Mireya camina aproximadamente cinco kilómetros de ida y vuelta. Tiene las manos pasmadas, entre el agüero del teatro y la planchada de ropa ajena en la casa. Más carne que esperanza, no tiene manos para sostener lo que la historia se ha de llevar por delante, un pueblo pobre tratado como un pobre perro.