“No le pondremos Úrsula, porque se sufre mucho con ese nombre”.

Úrsula Iguarán

Camino desde la nada, hacia la nada. Por cada mano una hija. No tengo lomo, tengo maleta. Menos hambre que miedo, tengo dos hijas. Caminamos del lado derecho de los rieles de la bestia. De Esquipulas al norte. Nos aseamos en los ríos. De vez en cuando hay paz en el agua junto a otros animales. En los terminales nos aprietan las manos con billetes. Quiero pan, un par de pies nuevos, tal vez dos ruedas. Las niñas no hablan; sé que tienen sed. He vuelto a amamantarlas. Atravesamos cañaverales de vientres oscuros, desiertos donde el sol se hace culebra. Una noche mientras dormíamos nos olió una raposa, abrí las manos, tanteé una piedra, la sorprendí y huyó. Desde entonces no sé apagar la mirada. También en luz, en excesiva luz, una se pierde en los propios ojos; hay que esperar que pase una nube, para rastrear el camino. Hay nubes rastreras con formas de helicóptero. Dos hombres venidos del sol nos lamieron: dejé a las niñas detrás de una cortina de piedras y fui con ellos y ellos se fueron en mí. Acaso me dio tiempo de subirme los pantalones, cuando desde el cielo una nube Trump caza, nos caza; en la tierra los perros zigzaguean detrás del olor a carne y sangre. Bordeamos los muros, los hombres, las niñas, yo. Entramos en territorio norte. Un pastor alemán olfatea mi entrepiernas. No respiro. Las niñas lloran como si de pronto se saliera de ellas toda voz perdida. Me las arrancan. No entiendo lo que me piden. Sólo puedo mirarlas hasta que se desvanecen de espaldas, en uniformes de guerra. Nos llevan hasta Úrsula (*). Nos encierran por separado en las perreras. Las escucho gritar “mamá”. Reconozco mi nombre en el llanto coral de los niños. Mis tetas plañideras. Quiero responder pero he perdido de nuevo la voz. Sin mis hijas ni carne ni demonio ni casa. Menos ciudadanía. Mi casa caminó conmigo con las casas de cientos. He podido dejar a mis hijas en el rancho de caña brava y barro, pero nos persiguen los hombres de sol y sólo mi cuerpo los detiene. No he pedido nacer. No he querido cuerpo. Y ahora no sé cómo morir si ya estoy muerta, rodeada por los gritos de mis hijas, mojada en sol. Hago la fila para el pan.

“Señor/ La jaula se ha vuelto pájaro/ Qué haré con el miedo”.

Alejandra Pizarnik

(*) Úrsula, Centro de detención de inmigrantes, ubicado en Texas (EE.UU.). Los inmigrantes la llaman “La Perrera”, por las jaulas instaladas donde van a parar no sólo adultos, sino y también niños separados de sus padres, por intentar cruzar ilegalmente la frontera.