En el velorio del tornillo las guacamayas pintarrajean café. Cuando asoma la urna, una ve el cuerpo de Caracas. Pero asoma poco, por vergüenza, por miedo. ¿Quién quiere ver la cara? La cara es un espejo de fuego. Arde. Y entonces, una se empina el Güaire. El Güaire con garzas. Quien no ha bebido una garza del Güaire no puede decirse caraqueño.

Las garzas del Güaire están hechas de basura y río. Se dice que, niño que come de la basura es cincuenta por ciento garza. Blancos, elegantes como si hubiesen tragado el esqueleto de un paraguas cerrado, piquiamarillos, de lomo levemente rosado.

Por momentos son transparentes. Es cuando despliegan las alas, inclinan hacia atrás las patas y planean de borde a borde la planicie de los ojos. El otro cincuenta por ciento del cuerpo de los niños garza lo pone el que los mira. Basura.

Al velorio del tornillo asisten en fila los niños garza. También los destornilladores. Los destornilladores se uniforman. Los destornilladores odian a las garzas. Alrededor del tornillo el alcalde vistió de flores de Apamate la corona. “Recuerdo de tus deudos”, escribió en la cinta que la atraviesa. El alcalde destornillador. ¿Quién quiere apretar un tornillo flojo?

La luz de La Guaira penetra al Ávila y dibuja las formas de los dolientes y los curiosos. Es un cuadro moteado de sol que anticipara el padre de aquel pedazo de fierro. Un retazo de lienzo atardecido, reveroniano.

La luz viaja apretada en la plataforma de un camión de carga, porque el pasaje subió, porque no hay repuestos y en consecuencia tampoco autobús, porque es cuando mejor se ve la cara del alcalde.

La luz se apaga temprano, también el agua. El único que queda despierto es el Ruiseñor de Catuche, que silba poquito para que no se mueran las velas.

Es domingo, la tarde del domingo. Todos tienen un boleto a la muerte los domingos. Menos el cuerdo, siempre vivo, pero que también teme a la tarde de los domingos.

Hace mucho que murieron las tejas rojas, las lavanderas del río. Nunca muere la tarde de los domingos, pero todo es susceptible a morir la tarde de un domingo, grieta que se traga el resto de los días.

Es domingo, en la tarde, velorio del tornillo. La doña ha picado papelillo. El don echó aguardiente al aguardiente. El hijo descargó la pistola al aire. Caen del cielo del rancho papelillo y hojas de bucare. Canta el gallo. Se traga la noche. Todavía hay gallos en la ciudad.

La locura resucita. Inaugura la semana. Baila con las bocinas y el titilar de las luces de neón del tugurio de abajo. Hoy se chupó a la prostituta muerta al proxeneta muerto al policía muerto. Hoy oxidó la lágrima de la madre.

Durante la noche la locura dispuso un castillo inflable en las puertas del velorio. Pero al palacio le falta aire. Se come a los invitados. Ya nadie entra. Ninguno sale.