Corría el año 2015, cuando una llamada desconocida hizo vibrar mi celular: “me tengo que ir del país”, exclamó entre llantos.

Ella era oriunda del estado Guárico, estudió y trabajó durante casi una década en la ciudad capital, sin embargo, un día agarró sus cachachás y volvió al terruño. No como una mujer que se da por vencida, sino como alguien que añora con toda su alma volver a su hogar.

Mi amiga sabía que regresar implicaba, de una u otra manera, renunciar al oficio (periodismo). Sin embargo, en su pueblo, ella era otra, se movía como yegua en la sabana, y resolvía cualquier contratiempo.  Una mañana me dijo:

“Alquilé un local y venderé shawarmas”.

– “Iré todos los meses”, respondí.

Y fui, fui muchas veces. Llevé salsas a las mesas y hasta me jarté las sobras. Eran días profundamente felices.

Entonces, ¿qué cambió? ¿Por qué la mujer que más amaba esta tierra se iba a ir de ella? La negra empezó a ser víctima de la extorsión: cada semana debía guardar fajos de billetes en una bolsa negra, a la espera de una maldita llamada.

Del otro lado de la línea, una voz le preguntaba si ya tenía la plata y, en minutos, un motorizado pasaba a recogerla.

– ¿Por qué aceptaste esa mierda?

– Marica, me negué varias veces y un fin de semana vinieron a atacarnos. Amenazaron a toda mi familia, secuestraron a mi primo.

– Pero si tú lo que tienes es un piche hueco donde vendes pan árabe con carne…

– Aquí todos pagan. Desde el dueño de ganado hasta el que vende perro calientes en la calle. Es más, hay quien paga para que no le quiten su carro. El que diga que no paga, miente.

– ¿Y si dejas de pagar?

– Una vez que aceptas, una vez que te extorsionan, si luego no pagas, te matan.

– ¿Y si denunciamos?

– Jessica, la GNB está en todo, la policía, los políticos.

– Pero…

Mi amiga huyó. Hoy es una desplazada más, como esas que algunos juran y perjuran que solo existen en Colombia.

Desde entonces, yo supe que la extorsión es un delito en auge en Venezuela, y que día tras día, se va propagando desde las zonas fronterizas azotadas por el contrabando y las bandas paramilitares, hasta las principales ciudades del país.

En El Cementerio, por ejemplo, los integrantes de las bandas asentadas en los barrios Primero de Mayo y en Los Sin Techo, han logrado azotar a casi todos los comerciantes de la zona y exigirles el pago de vacunas semanales. Los pocos que se resistieron empezaron a abrir sus negocios intermitentemente o bajaron la santamaría para irse del lugar. Lo mismo pasa en El Valle, la Cota 905, La Vega.

Yo, en estado de negación, preferí mantenerme ajena a esta discusión. Pero, hace tan sólo unos días, un viejo amigo, cuya familia tiene una pequeña venta de materiales en plena La Guaira, recibió la primera llamada, y aunque ha decidido no atender ni una más, aún no sabe cómo paliar el miedo.

Hoy, el problema no es sólo de seguridad, sino también el impacto sobre una cada vez más golpeada economía: el que no lo abandona todo, termina incluyendo estos “gastos” en los precios finales. ¿Hasta cuándo existirán los que juegan con la vida del que no paga?